Se me ha perdido la segunda parte de la historia del safari al África, lo lamento. Ni tanto si.
Tengo un amigo al que le quiero mucho, se llama Sergio Martínez, pero le decimos Motita o Chejo, he pasado muy dulces momentos junto a el, y también muchos momentos de agraz; como la vez que estuvo entrenando boxeo toda una tarde, pegándole a un saco de arena que colgó afuera de su pieza, quería matarme, si, matarme quería el puto desgraciado, según el porqué yo había escrito en internet que su hermana lo chupaba rico, falsedad absoluta, fue otro amigo el que lo escribió. Y no escribió que lo chupaba rico, sino como los dioses.
Lo conocí en la enseñanza básica, yo le tenía un poco de miedo al principio, a los 11 años Chejo ya estaba fumando, yo con suerte empezaba con mis actos onanistas, y el cigarro para mi era algo prohibido y solo la gente mala lo hacía, por eso me rehusaba. Además el cigarro me ponía súper caliente y tenía erecciones con facilidad. No es que eso sea malo, pero junto a mis compañeritos de curso nunca me gusto. Con Motita hemos compartido tanto, años de aventuras, risas, rabias, vergüenzas, en especial vergüenzas, nunca una mujer eso si, su gusto es más bien autóctono, en cambio a mi me gustan rubias y de piel transparente, que se le vean las venas.
El asunto es que hace unas semanas con Chejito decidimos juntarnos un día por la tarde, a escuchar música, beber cerveza y armar unos buenos porros, queríamos imaginar que éramos los mejores marinos de alta mar e íbamos en busca del milodón mas grande de los mares, y empezamos mal, porque el milodón es una animal de tierra, así que rápidamente entonces el motita me dijo, “ah ya, entonces el hipopótamo mas grande po”, “ahí si po” le dije yo, mientras me imaginaba como sería una ballena gris por dentro, estábamos súper pegados en un clavo chueco, chejo me decía; “el es como yo”, ¿como eres tu? decía yo, “yo soy un animal de casa vieja, hecho con amor”, ¿tu sabes que yo en mis primero años de vida vi a la virgen?, ella quería que yo me fuese a trabajar con ella” replicaba. En ese minuto un silencio nos embargo a ambos, una lagrima se deslizo por mi mejilla y solo atiné a abrazarle, le dije al oído que siempre estaría con el, chejo deslizo su mano por mi espalda, muy lentamente, como buscando mi sostén, sostén que no uso claro, levantó mi polera con delicadez y me sugirió al oido “si sieress de to pueto chutar”, no escuché bien de primera porqué un pequeño y suave brazo de viento nos rozo los cabellos, ni chejo tampoco habla portugués, pero me repitió; “si quieres te la puedo chupar”, ahí si escuché, fuerte y claro, como redole de tambor, le saqué despacito su manita de mi espalda, le dije que se estaba equivocando conmigo y acto seguido le deje caer feroz fierrazo por la nuca al huevón, ¿que se habrá imaginado el intruso de mierda?, chejito cayó al suelo, yo trate de reducirlo rápidamente, más mi amigo no en vano practicó 9 años de kung-fu y en dos tiempos se reintegró, me dejo caer cuatro certeros puños en el rostro y me desplomé.
Fue en ese preciso instante, cuando yo estaba mas verde que Hulk (o Shrek), que de la nada misma aparecieron seis muchachos de estatura media, vestían buzos multicolores, y jockeys playeros muy a la moda, uno de ellos, el mas gordito, traía en sus hombros una radiocassetera, al parecer era una KIOTO, entonces, el gordito dejo la radio en el suelo, los seis formaron un círculo (o redondela como dijo una vez Leonel Sánchez en ESPN), a nuestro alrededor y el mismo guatón le dio al PLAY.
Nunca he visto nada igual, bailaban con un ritmo único e irrepetible, sus piernas eran palitos de comida japonesa ordenados como bellos lazos de lápiz la suri, mis ojos adormecidos se envilecían de ver tal acto de extraordinaria plasticidad, en un abrir y cerrar de ojos pude divisar como mi amigo Chejo se unía a los atiborrados bailes, y si, lo hacía con maestría, era tan buen bailarín como cualquiera de los otros seis. Uno a uno iban pasando delante de mi figura, hablaban en arameo y me dejaban un escupo al lado derecho. En un minuto pensé que se trataba de un acto más bien del tipo secta, tuve miedo. Miedo que se esfumó cuando vi a dos de los chicos besarse y hablar de la reencarnación de las plantas. Muy lentos disiparon las aguas aledañas y se arrodillaron a mis pies, me llamaron maestro y Chejo siguió bailando solo sobre un cuadrado, no sé porqué ni como Chejo ahora vestía de malla azul y medias blancas del Colo-Colo. Formidable.
Desde el cielo escuche gritar al más grande de los hermanos del Sol, era Jonás (nombre bíblico y nombre también del abortista mas grande de mi pueblo), me decía que debía darle muerte a Chejo y a los seis simios bailarines que me tenían hipnotizado. Me revelé a las escrituras y le leí un trozo en guaraní de las blasfemias más grandes que se han dicho 4 kilómetros hacia la cordillera de San Carlos, y todos dejaron de bailar. El guatón recogió la radiocassetera y tomó en brazos a Chejo. Chejo se despidió con su manita en alto, me dijo que un día nos volveríamos a encontrar, que siempre me recordaría.
Yo le conteste con un corte de manga y un “chúpalo concha e’ tu madre”.
De fondo por los parlantes de mi computador suena “Ódiame” del ya desaparecido Charlie Zaa (cantautor colombiano que pasó sus últimos días en las playas de Cartagena de indias, a pata pelá y abrazado a una cabeza de cordero)
FIN






